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Galo Lara esposas

by • June 18, 2014 • ArtículosComments (0)2746

“Díganle a Correa que estas esposas las llevo con orgullo” Por Emilio Palacio

11 de junio del 2014, ciudad de Panamá. Galo Lara levanta sus manos ante los jueces y la prensa panameños. Foto: La Prensa, Panamá.  

Palacio copia-Riing, riing, riing.

-Hola.

-Emilio, ¿es usted?

-¿Quién habla?

-Soy yo, Galo Lara, desde la cárcel en Panamá.

 

Esa noche yo me había acostado temprano. Ya estaba dormido, así que la voz al otro lado de la línea me agarró de sorpresa. Al inicio no supe bien cómo reaccionar. 
Mi abogado mostró un oficio del canciller Ricardo Patiño, con fecha 16 de septiembre del año pasado, en la que le informa al canciller de Panamá que yo había sido condenado a diez años de cárcel. Usted recordará que para entonces yo había apelado, y que la sentencia definitiva en mi contra recién se emitió el 20 de septiembre. Es decir que una semana antes, Patiño ya conocía el veredicto final de los jueces.

 -Emilio, quiero que le cuente al país lo que me han hecho. Conseguí de algún modo que me permitan hablar con usted.

 

A toda prisa, tropezando en la oscuridad, busqué lápiz y papel. No disponía de tiempo para conectar una grabadora. A medida que Lara hablaba, yo garabateaba lo mejor que podía:

 

-Tumbaron la puerta más o menos a las cinco de la mañana del lunes de la semana pasada. Yo dormía en una cabaña en Playa Santa Catalina, un balneario donde los turistas van a surfear, a cinco horas en automóvil desde la capital. 

Entraron armados, me obligaron a tirarme bocabajo al piso, mientras me apuntaban y me gritaban que me identifique. Eran panameños, me di cuenta por el acento, excepto dos que iban con capucha. Luego supe que eran policías ecuatorianos.

Traté de guardar la calma. Le di mi nombre al que parecía el jefe, le aclaré que yo no era un delincuente. Le pregunté si sabía que el gobierno de Ecuador me persigue por razones políticas. Parece que eso lo desconcertó, porque pidió que apuren al fiscal que estaba por llegar. Mientras tanto, los dos de capucha tomaron fotos y después agarraron dos maletas mías, una decena de libros y algunos apuntes de cosas que he estado escribiendo. Dijeron que me habían encontrado con un maletín lleno de dinero, es mentira, lea el informe, llevaba conmigo sólo 903 dólares. 

Cuando llegó el fiscal, dio la orden de que me lleven a ciudad de Panamá. Los dos ecuatorianos ya se habían ido. Al cruzar por la ventana, mientras me dirigía a la puerta, vi que se iban en un vehículo con todas mis pertenencias. No sé qué dirán luego, pero no tendrá valor porque rompieron la cadena de custodia. 

En Santiago de Veraguas, la capital de la provincia, me sentí mal. Me llevaron a un dispensario donde el médico recomendó que me dejen descansar por unas horas.

Al mediodía, me subieron en una furgoneta llena de policías. Viajamos escoltados por dos patrulleros y cuatro motos. En el trayecto, los uniformados me hicieron toda clase de preguntas. Querían saber quién era yo, y por qué me daban tanta importancia. Uno de los chicos, bajando la voz, me dijo: “Cuidado, parece que  lo quieren matar, porque el jefe le reclamó al fiscal en qué lío lo había metido y ordenó que lo acompañemos, para que no le pase nada”. 

Nos detuvimos a almorzar en un restaurante en el carretero. Algunos comensales preguntaron a quién llevaban. Los policías repitieron mi versión. Por lo visto me creyeron a mí y no a sus colegas ecuatorianos.

En Panamá me volví a sentir mal, así que me trasladaron al Hospital Santo Tomás. Allí me diagnosticaron que tenía síntomas de preinfarto. Me dieron alguna medicina y ordenaron que descanse.

Me trajeron a la cárcel al día siguiente, temprano en la mañana. Desde entonces estoy en un pabellón de cuatro celdas, de cuatro metros por siete metros cada una, aproximadamente. Cuando llegué había 78 detenidos. Ahora estamos un poco mejor, somos 58. De noche, para caminar, hay que pedirle a los que están echados en el piso que por favor se hagan a un lado. Duermo en un mesón de baldosas sumamente estrecho, sobre un pedazo de cartón. La comida no es mala, pero no veo la luz del sol, no sé si es de día o de noche.

 

¿Lo acompañan delincuentes peligrosos?

 

No sabría decirlo con exactitud. Días atrás hubo un conato de motín y se llevaron algunos detenidos, por eso ahora no somos tantos.

 

¿Hasta cuándo se quedará allí? ¿Qué espera para el futuro?

 

El miércoles me llevaron al tribunal. Ingresamos por el pasillo que utilizan los jueces. Me encontré con uno de los policías que me había detenido. Me dijo que en el edificio, en otra sala, estaban el Fiscal y el canciller del Ecuador, esperando el resultado. También me dijo que tenían un avión listo en el Aeropuerto de Tocumén para regresarme deportado, apenas terminase la audiencia.

 

¿Usted los pudo ver?

 

No, sólo le cuento lo que me dijeron. Pero yo lo creo. En la sala de audiencias sí pude ver al embajador del Ecuador Galo Enríquez Enríquez y al jefe de la Interpol en Ecuador. 

La procuradora dijo que estaba en juego la vida del ministro de Relaciones Exteriores de Panamá, y como prueba mostró algunos mensajes por Twitter de un señor que hablaba mal del canciller, ni siquiera eran amenazas directas, pero sobre todo, eran de una tercera persona, no míos. Los jueces la miraron como preguntándole qué relevancia tenía todo eso pero ella no contestó.  

Mi abogado fue directo al grano. Mostró un oficio del canciller Ricardo Patiño, con fecha 16 de septiembre del año pasado, en la que le informa al canciller de Panamá que yo había sido condenado a diez años de cárcel. Usted recordará que para entonces yo había apelado, y que la sentencia definitiva en mi contra recién se emitió el 20 de septiembre. Es decir que una semana antes, Patiño ya conocía el veredicto final de los jueces. Fue demoledor. 

Luego me dieron la palabra. Le juro que me mantuve sereno. Conté que tres veces el gobierno había pedido que me levanten la inmunidad para llevarme a juicio y que el propio presidente me demandó. Conté que habían transmitido 307 cadenas nacionales en mi contra. Conté una por una todas las denuncias de corrupción que hice desde mi curul contra este gobierno. Los jueces estaban sorprendidos, no habían sabido nada de eso. También le agradecí al presidente Martinelli, porque cuando me dio el asilo me salvó la vida. En Panamá tienen un dicho “Dios primero”, y así concluí: “Dios primero, gracias Panamá”. 

 

¿Se siente satisfecho con la decisión que tomaron los jueces?

 

En realidad cuando anunciaron que mi detención era legal, me sentí confundido, pero entonces di vuelta y vi la cara del embajador Enríquez. Estaba lívido. Después mi abogado me explicó que con esa resolución no podrían deportarme; más bien se inicia un juicio de extradición que yo aspiro a ganar, porque la razón está de mi lado. Ellos ahora tratan de presentarlo como un triunfo, cuando en realidad no consiguieron su objetivo que, como ya le dije, era la deportación inmediata. 

Tampoco es cierto que en 45 días la Corte tomará una decisión, ese plazo es sólo para que presenten pruebas en mi contra, si las consiguen, luego yo tendré que contestar, en fin, será un proceso, y el que decidirá no será una instancia política sino los jueces. 

Luego, cuando un policía me pidió que extienda las manos para ponerme de nuevo las esposas, las levanté y le dije a la prensa: “Díganle a Correa que estas esposas las llevo con orgullo, porque soy inocente, pero el que me persigue, es culpable de crímenes contra la Patria”.

 

¿Lo regresaron a la cárcel de inmediato?

Sí, a la misma celda. Sólo que ahora los presos, cuando algún familiar los viene a visitar, les piden que los fotografíen conmigo. Sus abogados, al entrar, me miran y levantan las manos como hice yo mientras repiten con una sonrisa “Las llevo con orgullo”. Un preso me contó que le habían aconsejado ganar mi amistad porque a lo mejor me convierto en presidente del Ecuador. Son visiones ingenuas que me hacen sonreír en medio de tanta adversidad. Los policías también son muy amables, estoy muy agradecido con ellos.

¿Se ha quebrado?

Todavía no, Emilio. Rezo mucho para ser fuerte. No me puedo quebrar por mi familia. Pienso en ellos y en mi país. Yo sé que quisieron cambiarme por un barco, yo sé que movieron cielo y tierra para destruirme, y eso significa que me tienen miedo, así que he tomado la resolución de mantenerme firme. Pero necesitaba que el país supiese todo esto, y para eso lo llamé.

El 16 de septiembre del 2013 el canciller Ricardo Patiño le informó al canciller de Panamá que Galo Lara había sido sentenciado a 10 años de reclusión; pero para entonces, el acusado había apelado y la sentencia final no se dictó sino hasta el 20 de septiembre.
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