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Monigote

by • June 30, 2014 • ArtículosComments (0)3246

Ahora le meterán la mano al agua, a los bancos y a los sindicatos Por Emilio Palacio

Palacio copiaDÍAS ATRÁS, CONVERSABA YO CON UNA EMPRESARIA GUAYAQUILEÑA, de visita en Miami, a la que intentaba convencer de que se vienen días difíciles para el Ecuador. Ella me escuchó muy atentamente y luego replicó: “Bueno, todo eso que usted me hace ver está muy mal, Correa se mete con los periodistas, los jueces y las universidades; pero no es comunista, ¿verdad?, no se mete con la propiedad privada. Entonces, ¿no le parece que a lo mejor usted está exagerando?”. 

La dictadura no sirve ni a los empresarios ni a los trabajadores, ni a la derecha ni a la izquierda. La dictadura sólo se sirve a sí misma, a su ansia insaciable de perpetuarse en el poder. Quizás Rafael Correa todavía no sueñe con heredarle el trono a su hijo, como ya ocurre en Corea del Norte. No podemos saberlo. Quizás ese rasgo de la demencia del poder se desarrollará más adelante. Pero ocurrirá, si se lo permitimos. 

Confieso que me sentí desconcertado. Me sentí como el médico que intenta convencer a su paciente de que se someta a un tratamiento urgente porque sufre de cáncer, y él le contesta: “Sí, el cáncer es horrible, pero no tengo sida, ¿verdad?; entonces no ha de ser tan malo”.

 

Un tanto decepcionado, regresé a mi casa para seguir por Internet las novedades de la marcha indígena contra la dictadura. Me conecté justo el momento en que el canal alternativo EcuadorLibreRed.tk mostraba en directo a un grupo de indígenas y estudiantes que avanzaban por la carretera a Cuenca. “Abajo la privatización del agua, abajo las compañías petroleras”, gritaban a coro. Me quedé pasmado. Quise escribirle a los camarógrafos de EcuadorLibreRed.tk para que trasladen unas preguntas a los líderes de la marcha: “¿Cómo? ¿No se supone que ustedes protestan contra la dictadura? ¿Por qué entonces los gritos contra las empresas petroleras y la privatización del agua?”. Pero no encontré el modo.

 

Manejar el agua para 

someter a la oposición  

 

La izquierda está convencida de que el plan de Correa es privatizar el agua. Lo dicen y lo repiten. Ojalá fuera cierto, digo yo.

 

Imaginemos por un instante que los dirigentes indígenas convencen a la dictadura de “no privatizar el agua”. Al día siguiente, el gobierno toma el control de Interagua -empresa privada que maneja el agua potable en Guayaquil- y nombra a su compinche Rolando Panchana nuevo gerente de la flamante Empresa Revolucionaria del Agua Socialista. ¿Qué ocurriría?

 

El primer paso, claro está, sería cuadruplicar las tarifas a los ricos y la clase media (como se hace con las tarifas eléctricas), para con ese dinero cubrir el déficit fiscal, comprar más votos y desviarlo a cuentas privadas en Alemania y Bélgica. Luego vendrían los contratos a dedo al primo, el cuñado o la sobrina. Por último, comenzarían a cortarle intermitentemente el agua al que proteste por el atropello, llámese Enrique Herrería, Carlos Vera o María Josefa Coronel.

 

No hay que descartar, claro está, que una vez que se apruebe la Ley de Aguas, la dictadura privatice ciertos servicios de agua potable. Pero no serían empresas privadas en estricto sentido, porque estarán sometidas a los dictados del régimen, a través de una Junta con súper poderes que decidirá quién recibe agua y en qué condiciones.

 

El peligro no es la privatización, como creen algunos sectores de izquierda, sino exactamente lo contrario: el control del agua en manos del estado.

 

La nueva banca “estaticular”: 

estatal y particular

 

Lo que me contestó la empresaria guayaquileña en parte es verdad. Correa no es comunista en el sentido de que no está atado al dogma de estatizar los medios de producción. Correa es correísta, lo que significa que quiere conservar el poder de por vida, y para eso meterá la mano donde haga falta. Todavía no ha necesitado apropiarse de los medios de producción privados. Si en el futuro lo requiere, confiscará fábricas, haciendas y comercios. Por el momento tiene un objetivo más urgente: meterle la mano al crédito.

 

El déficit del presupuesto de este año bordea los 5.500 millones de dólares. Ya está casi todo cubierto con deuda externa. Pero faltan todavía 3.000 millones para invertir en la producción, para mover la maquinaria económica que genera empleo. En los últimos siete años, eso se hizo (de manera deficiente, pero se lo hizo) con inversión estatal. El gobierno construyó carreteras, escuelas, represas hidroeléctricas, alrededor de los cuales más o menos se dinamizó la maquinaria productiva. Sin embargo, ese modelo se agotó a mediados del año pasado. La deuda externa y el dinero que se consiguieron hace poco, empeñando el oro y con más deuda, apenas alcanzará para pagar el gasto, no para inversión.

 

La “solución” revolucionaria, sin embargo, ya está en marcha: una banca “estaticular”, estatal y particular al mismo tiempo (como llaman en broma los cubanos de la isla a las nuevas empresas de los hermanos Castro). El plan es agarrar a los banqueros por el cuello para ordenarles a quién prestarle, a quién no, a quién cobrarle y a quién no. Desde un ministerio, sin escuchar a nadie, cuatro burócratas decidirán el “mejor” modo de canalizar el crédito para hacer crecer la economía. Esa es la intención del nuevo Código Financiero, que desde sus primeras líneas anuncia su objetivo: “cambiar las relaciones de poder que históricamente han predominado en el Ecuador”.

 

¿Leyeron, señores banqueros? Este es un asunto “de poder”. Las “relaciones de poder” van a cambiar. El “poder” del crédito ya no estará en manos de veinte instituciones financieras distintas, que compiten entre sí, tratando de atraer a los clientes con diferentes ofertas, sino en un solo puño, el puño de la dictadura, que no les arrebatará la propiedad a los banqueros porque por ahora no hace falta.

 

Los sindicatos fascistas 

no son un invento nuevo 

 

Dicen que Eva Perón era boca sucia. Cuando estallaba una huelga en un sindicato que los peronistas no controlaban, concurría a veces en persona al sitio del conflicto, reunía a los trabajadores y les preguntaba, desafiante, cuánto querían de aumento salarial. Si le contestaban, digamos, “diez por ciento”, no era raro que les gritase enojada: “Les doy el veinte por ciento, hijos de p…, pero me destituyen a estos dirigentes de m… que convocaron esta huelga y me nombran a fulanito y menganito que son compañeros peronistas de confianza”.

 

Así se fueron construyendo los sindicatos peronistas, manejados desde la Casa Rosada. La fiesta de los buenos salarios duró mientras hubo dinero (no del petróleo sino de las exportaciones de carne). Cuando llegó la crisis, Evita ya había muerto. Perón la reemplazó por Isabelita -tan malablada como Evita-, que organizó la Triple A, un grupo terrorista que asesinó a decenas de miles de trabajadores peronistas.

 

El plan del nuevo Código del Trabajo de la dictadura ecuatoriana es fusionar todos los sindicatos en una sola central única, compuesta por sindicatos por rama (metalúrgicos, comercio, salud, etcétera) pero manejada por dirigentes correístas. Mientras haya dinero, los obreros sindicalistas serán bien tratados. Cuando vengan las vacas flacas, los dirigentes delatarán a los revoltosos para acabar con ellos.

 

Unidad de la derecha y la izquierda, 

de los empresarios y los trabajadores

 

Como se ve, la dictadura no sirve ni a los empresarios ni a los trabajadores, ni a la derecha ni a la izquierda. La dictadura sólo se sirve a sí misma, a su ansia insaciable de perpetuarse en el poder. Quizás Rafael Correa todavía no sueña con heredarle el trono a su hijo, como ya ocurre en Corea del Norte. No podemos saberlo. Quizás ese rasgo de la demencia del poder se desarrollará más adelante. Pero ocurrirá, si se lo permitimos.

 

Por eso, el único camino que nos queda es la unidad de la izquierda y la derecha, de los empresarios y los trabajadores, para ponerle fin a la tiranía. Sólo entonces, en libertad, las distintas clases sociales y las distintas tendencias podrán entablar una lucha política democrática para defender sus ideologías e intereses.

 

Mientras tanto, seguir atacándonos los unos a los otros “para no hacerle el juego” a la derecha o la izquierda, es hacerle el juego al régimen, el verdadero y único enemigo inmediato de todos.
Madrid, Estadio Santiago Bernabeu, años sesenta. Demostración de los sindicatos fascistas, controlados por la dictadura de Francisco Franco. Fotografía: Carta de España. 
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